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VIVIENDO EN LA OSCURIDAD

VIVIENDO EN LA OSCURIDAD

10 diciembre, 2009606Views

Maritza Pinto es no vidente. Un accidente automovilístico, a los 18 años, la tuvo dos meses en coma debatiéndose entre la vida y la muerte; aunque logró despertar, hoy sufre de ceguera total. Pero eso no la paró y lleva más de 20 años trabajando como masajista en Viña del Mar. Salimos con ella para relatarle a usted cómo es vivir con esta discapacidad en la “Ciudad Bella”. Aquí, los baches que encontramos y su emotiva historia.

Por Gonzalo Espinace Rojas

Claramente la vida de una persona que sufre de ceguera tiene limitaciones, que en el fondo no son mayores a las de personas que gozan de todos sus sentidos, simplemente son limitaciones distintas. Como casi todos las tenemos.

En este caso particular, partimos con el simple hecho de depender a toda hora de un fiel compañero, el bastón. Una escena que para algunos puede generar sentimientos de pena al ver a no videntes en la calle, pero que en verdad no es nada más que una herramienta para lidiar con esta excepcional condición.

Aquel delgado artefacto es el que acompaña todos los días a Maritza Rosario Pinto López (45), cuando baja desde su casa ubicada en el sector de Miraflores Alto al plan viñamarino, donde se desempeña como masajista hace 20 años en el centro de la Asociación Cristiana de Jóvenes YMCA. Su ceguera es una secuela producto de haber coqueteado por largos momentos con la muerte. Una casi fatal experiencia que logró salvar gracias a un llanto divino que le devolvió la vida.

Sin vacilar demasiado recuerda el trágico día en que su vida tuvo un brusco cambio. “Perdí la vista a los 18 años en un accidente de auto en la calle 14 Norte (en Viña del Mar), iba con mi hermano y con otras personas. Esto fue el mismo día de mi cumpleaños…, el medio regalito que tuve”, ironiza la exigua masajista, quien ocupa un angustiante sentido del humor para revelar la tragedia que provocó el corte de su nervio óptico y la dejó más de dos meses en coma.

“Cuando la gente se muere entra en un túnel, yo estuve allí. Vi ese túnel, vi esa luz y sentí el calor de Dios. Ahí pude mirar colores que nunca había visto como vidente. Sentí voces que eran amigas, eras voces acogedoras, yo quería quedarme ahí. En eso, yo vi la imagen de mis papás y después vi a mi hijo que tenía un año, y fue en ese instante que sentí que tenía que volver por mi hijo porque no se podía quedar solo. Cuando volví a la vida tenía los ojos vendados”, relata la mujer que estuvo a un pequeño paso de partir al más allá.

Maritza Pinto
Caminar por las calles de Viña del Mar puede ser un problema.

CONVIVIR CON OBSTÁCULOS

Con el objetivo de dar a conocer los distintos problemas que enfrentan las cerca de 500 personas que tienen discapacidad visual total en la Ciudad Jardín, salimos a caminar junto a Maritza por las calles, tropezando una que otra vez en el trayecto.

La primera de las dificultades se produjo en la intersección de las arterias de calle Quillota con 1 Norte, donde la masajista reclamó por la instalación de un semáforo sonoro, igual a los ubicados en otras partes de la ciudad. “Todos los días tengo que pasar por acá y es muy difícil pasar porque este semáforo es de dos tiempos. Es necesario poner uno con sonido ya que este camino lo hacemos todas las personas que venimos al Centro de Grabación para Ciegos (centro ubicado en 2 Oriente entre 1 y 2 Norte)”, que está situado a un par de cuadras, y al frente de su trabajo.

¿Cuál es el mayor problema con el que lidias cuando sales de tu casa?

“Lo que más me molesta es el trato que tienen las personas que trabajan en la locomoción colectiva. Cuando a mí me ven con el bastón salen corriendo. Me da rabia porque yo pago mi pasaje, debieran ser más acogedores. Nadie está libre de quedar ciego”, reclama.

SUMAN Y SIGUEN

Autos estacionados en las esquinas y arriba de las veredas que obstaculizan el paso; la escasa ayuda que recibe de los peatones al cruzar la calle; hoyos que no están advertidos como corresponde y grifos mal instalados que entorpecen el camino. Esos son sólo algunos de los obstáculos que se aparecen en este paseo que se detiene, por sólo un momento, en la Avenida Libertad, donde aparecen hermosos recuerdos.

“Me acuerdo que esta calle está llena de árboles y que tiene casas maravillosas, aunque sé que varias ya han sido destruidas. Recuerdo el atardecer, la luna y las nubes que yo veía y me entretenía jugando con ellas cuando chica. También me acuerdo todos los jardines que tiene la ciudad. En ese sentido, Viña es muy bonito”, dice.

Durante estas memorias llegamos al borde costero. Por primera vez Maritza se sube a uno de los miradores instalados en la concurrida Avenida Perú. El espacio provocó una serie de emociones alegres al recordar los veleros, los barcos y el imponente Castillo Wulff, mientras la brisa marina impregnaba su rostro.

Tras un vaivén de emociones a punta de algunas lágrimas, me tomo la libertad para dilucidar una interrogante a título personal. Después de haber estado varios minutos juntos, le pregunto: ¿te imaginas cómo somos físicamente Fernando (fotógrafo) y yo? “Partamos por Fernando, él tiene 24 años”. Se equivocó sólo por un pequeño margen, tiene uno más. “Bueno, tú tienes la misma edad que Fernando entonces”, primer acierto.

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Maritza Pinto, una no vidente viñamarina

“Ahora, Fernando, tiene la piel blanquita y tiene el pelo claro, es un poquito rubio. En cambio, tú eres un poquito más bajo que él y eres moreno”, todas y cada una de las descripciones fueron correctas. Este periodista y el gráfico, se miraban con cara de asombro por su exactitud, hasta que me liquidó: “…y Fernando es un poco más chistoso que tú”.

SOLO BASTA EL BRAZO

En su casa en Miraflores Alto vive junto a su hija Fernanda (20) que cursa segundo año de Sociología. Además, la acompañan sus amadas mascotas: la gatita Lady Pía y el perro Don Benji.

Su vida es como la de cualquier otra persona. Con tristezas y alegrías, proyectos y sueños. Su impedimento físico, hace mucho tiempo que dejo ser un tema trágico. Al contrario, agudizo sus sentidos y mejoró su sentido del humor. Sin embargo, el saldo del recorrido con Maritza es indiscutible: Viña aun tiene una tarea que cumplir, una deuda pendiente con una minoría discriminada en muchas ocasiones.

Pese a esto, la viñamarina vive la vida paso a paso y quiere cumplir sus sueños, como todos. Que su “pequeña” termine la universidad; traspasar las 2 décadas de conocimientos en el masaje a nuevas generaciones, y además, tener un perro guía.

“El problema es que cuestan 5 mil dólares porque hay que ir a buscarlo a Estados Unidos”, explica y pasa el dato por si alguien quiere ayudarle. “Por mientras me conformo con mi Don Benji, aunque no sale ni a la esquina”, dice y ríe.

El viaje termina. La micro de la línea 201 (que va a su casa) para. Maritza sube y parte. Nadie atina a ayudarle. El camino a su casa es largo, igual como el que falta para integrar a todos los discapacitados en una ciudad que no ha sido pensada para ellos. Como ella dice: “a veces sólo basta con prestar el brazo para cruzar la calle”. Una lección de vida. LOV

Equipo de Redaccion

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