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Un ojo en el corazón

Un ojo en el corazón

Documental, de Jaime Pinos

Alquimia Ediciones

Poesía

Por Patricio Contreras

Chile es un extraño país de poetas que prefiere no leer a sus poetas. De hecho, suele optar por leer mal su propia poesía, prácticamente a propósito, porque no es algo que interese mucho en un proyecto posdictatorial donde si algo no vende, no sirve. Jaime Pinos es consciente que escribir en este escenario es un trabajo arduo y silencioso. “La poesía ha sido aquí / demasiadas veces / egoísmo competencia / otra carrera de perros / solo eso otra carrera”, nos dice. En otras palabras, incluso la poesía en ocasiones ha integrado a su quehacer el tuntún del ritmo neoliberal, la agenda valórica de la dictadura, el todos-contra-todos-hasta-que-no-quede-nada que promueven las lógicas económicas y políticas del Estado chileno. Sin ir más lejos, en otro de sus poemas el autor remata: “Tristísimo espectáculo / la carrera de perros / por llegar a ser / Poeta Único Poeta Nacional”.

La poesía chilena –o eso que pretendemos llamar así– se suele leer como si fuera un show con grandes nombres a la cabeza del cartel. No falta quien juega a reducirla, ansiosamente, a unos siete u ocho nombres rimbombantes. Tentativas lamentables, sin duda, que fracasan en su raíz. Y Pinos también sabe esto. “Los verdaderos enemigos de la poesía / los verdaderamente importantes / están fuera de la poesía”, advierte. Es contra ellos que está escrito Documental, un libro sin numeración de páginas y con poemas sin título, que se lee como una larga procesión de imágenes que desmontan los grandes relatos del poder en Chile: ese Golpe de Estado como pronunciamiento militar, esa dictadura disfrazada de régimen, esa transición con sangre bajo la alfombra, ese país de poetas que no lee poesía. Esa larga y angosta sarta de mentiras.

“Vivir en este país / ha sido aprender a leer entre las mentiras”, denuncia Pinos. “Se ha mentido mucho en este país / Se ha mentido tanto que las palabras ya no sirven / para llamar a las cosas por su nombre”. Chile es un lugar solitario donde el lenguaje se encuentra apuntalado por la publicidad, la complicidad de la prensa y los textos escolares. Las palabras asisten a su propio vaciamiento. Entre la rutina y el desencanto, lo que decimos va perdiendo sentido. Es sólo la repetición incansable de discursos predecibles y fáciles de asimilar por el mercado. Es sólo un naufragio balbuceante entre mentiras que marcan la pauta. Entonces, la poesía debe ser una bomba que despierte a las palabras dormidas, un acontecimiento que sacuda el lenguaje de la tribu, que lo empuje a decir la verdad, porque: “La realidad tiene un tono / El trabajo de la poesía es encontrarlo”.

Poesía y realismo. Esa es la ecuación. “Palabras imágenes / para apegarse a lo real / para presionar arrastrar / lo real hacia el poema”. Un libro documental cuyo montaje está basado en la fidelidad de los hechos. La lista de agentes y funcionarios de la DINA; la lista de centros de tortura; los camarógrafos que registraron la debacle; los nombres, las perspectivas y las funciones de quienes fueron testigos directos de la infamia. En eso está basado Documental. En hechos reales. En la irrefutable experiencia del dolor. “Ni las quejas de la víctima / Ni la rabia del vengador / Escribir las palabras del desastre / con el lenguaje sobrio y sereno del testigo”. Así compuso Pinos este duro ejercicio de memoria, el cual –como se entenderá– revela explícitamente en sus páginas su propia poética, su propio mecanismo, entre citas, juegos de tipografía, fotos, tomas diversas y un impecable trabajo de diseño a cargo de Nicolás Sagredo.

Me parece que una pregunta clave para entender las motivaciones de esta composición se encuentra llegando a la mitad del libro: “¿y si los poetas fueran capaces de transmitir / el sentimiento de un periodo histórico / mejor que nadie?”. ¿Y si el asunto, además del compromiso estético e ideológico, estuviera cruzado por un profundo e imprescindible compromiso afectivo? ¿Cuánto nos duele, cuánto te dolió, cuánto nos dolerá? ¿Cómo se lo contamos a nuestros hijos y nuestras hijas? La dictadura como educación sentimental. La dictadura como comunión en el dolor o en la indiferencia. La dictadura como un virus que recorre nuestro lenguaje, nuestras costumbres, nuestros corazones. Sobre sí mismo, el autor confiesa: “Me hubiera gustado vivir / en una época menos violenta / En una época con menos víctimas / Me hubiera gustado escribir / otra cosa distinta a las palabras del desastre /  a los libros llenos de muertos y de sangre / que no podré mostrar a mi hija hasta que sea mayor”. Sobre el resto, sobre quienes hicieron vista gorda, enjuicia: “La indolencia es la pregunta / La sensibilidad frente al dolor / […] No supimos nada dicen muchos ahora / No es lo que no supieron / sino lo que no sintieron”.

Por eso Pinos evita las quejas de la víctima y la rabia del vengador. Por eso propone una forma distinta de valentía, de dar un paso al frente, manteniendo la vista allí donde otros y otras pasaron de largo, hicieron caso omiso, siguieron con sus cobardes existencias. “Para filmar la vida sus momentos / desde el punto de vista de un poeta / hay que aprender a usar la cámara / como si fuera un ojo en el corazón”, nos dice. O llegando al final del libro: “Imaginar que aún es posible / un mundo sin víctimas / Recordar a los muertos / no dejarlos caer en el olvido / Eso es valentía / Tener compasión / por el dolor de los demás / No desviar la vista / Pase lo que pase / Sostener la mirada”. Esa es la estrategia de esta poesía cuestionadora. Esa es la contribución de Pinos en Documental: recordar lo que ocurrió ayer con claridad, escribir sin miedo en el ahora y entregar generosamente estos materiales para el mañana.

Equipo de Redaccion

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