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Un imaginario personal sobre el desierto

Un imaginario personal sobre el desierto

Salivario, de David Ortiz Zepeda.

Autoedición.

Narrativa. 54 páginas.

Desde hace algún tiempo, el panorama literario del norte de Chile se ha vuelto muy saludable. Tanto las editoriales Cinosargo y La Liga de la Justicia como la activa Sociedad de Escritores de Copiapó han publicado varios títulos interesantes de autores y autoras de la zona. Salivario, el primer libro del periodista David Ortiz Zepeda, es uno de ellos.

La obra consta de cinco relatos breves y una gran variedad de ilustraciones hechas por el propio autor. Estas últimas, a pesar de ser exhaustivas, acompañan de buena manera lo narrado. Sólo recurren a los colores rojo y negro sobre hojas que varían entre el fondo negro y el blanco, logrando una visualidad luciferina que nos remite inmediatamente al desierto de Copiapó, su ciudad natal. Sin ir más lejos, el epígrafe que da inicio a la publicación reza: “En la soledad del desierto el diálogo es más con uno que con su entorno. La saliva no se desperdicia” (s/n).

Las historias presentes en el libro siguen esa misma lógica. Son narraciones que van de lo real a lo onírico, del relato popular a la leyenda, de lo idílico a lo infernal, siempre acontecidas en paisajes desérticos, poblados de imágenes lúgubres y desoladoras. Por ejemplo, en un breve relato titulado “Piedras negras”, el autor describe: “Un montón de piedras negras flotando en el cielo del desierto. Son peñascos enormes y suenan como motores encerrados” (24). O en otro, titulado “Cactus”, que cierra el conjunto: “Era grato mirar las montañas o el mar, maravillarme de un cielo con nubes rápidas que avanzaban hasta chocar en los acantilados, desvaneciéndose. Sigo viendo esa niebla, pero no es la misma. Hoy me parece sulfúrica, densa, horrenda” (40).

Lo que podemos apreciar en este último fragmento es parte de lo que más destacaría de la obra: su nula autocomplacencia. La mirada sobre el territorio nunca es pasiva. El narrador se encandila con las bondades del desierto, pero nunca pierde el sentido crítico. Esto es notable en “Salivario”, el primer relato del conjunto, que le da nombre al libro. Allí, a través de la voz de un ermitaño oscuro y alucinado, Ortiz nos dice sobre el lugar: “Detesto su gente sin alma, capaz de devorarse a los vecinos en tiempos de fiesta. Odio los campos dunares llenos de máquinas que echan humo negro al perforar la tierra para sacar tesoros metálicos. […] Me asquea el momento en que la mente parió este infierno lleno de cordilleras de relave y tormentas de chusca arsénica” (10). Creo que las cumbres de esta breve publicación están en pasajes como este. Es aquí donde el texto cobra valor.

Quizá uno de los únicos problemas posibles tenga que ver con la forma de narrar, algo que puede apreciarse en los fragmentos ya citados. El libro basa su fuerza en el contenido, no en la manera de narrarlo. A pesar del espectáculo visual que se ofrece, de los sucesos delirantes que se cuentan y de los cambios de perspectiva que nos brinda el tránsito entre la realidad y la ficción, la voz siempre es documental y la prosa nunca se arriesga demasiado. La narración no asimila las alucinaciones que narra. Siempre es estática y descriptiva, sin aportar variaciones estilísticas a su relato, las cuales se vuelven sumamente necesarias tomando en cuenta el riesgo que asumen sus temáticas.

Fuera de ello, creo que el libro funciona igual, gracias a su concisa extensión, sus narraciones correctas y la calidad de sus ilustraciones. Considerando que es una autoedición, patrocinada por la Sociedad de Escritores de Copiapó, es totalmente destacable el trabajo completo hecho por Ortiz. Tanto las historias como las ilustraciones representan, sin duda, su panorámica propia sobre un desierto inagotable y endemoniado, lleno de relatos populares que se van entretejiendo con su propia perspectiva. Son, como él mismo sugiere en la contraportada de Salivario: “Mundos imposibles y secos que brotan de la búsqueda de un imaginario personal sobre el desierto”. Esperemos que esa búsqueda siga su justo derrotero y encuentre una prosa capaz de potenciar sus desvaríos.

Por Patricio Contreras

Equipo de Redaccion

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