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Melodías de una vida: Curt Finster, el violinista de la estación Quilpué

Melodías de una vida: Curt Finster, el violinista de la estación Quilpué

Este miércoles 21 de noviembre dejó de existir Curt Finster, connotado músico callejero de la ciudad de Quilpué quien tuvo una variada vida, que lo llevó desde la ingeniería forestal hasta el séptimo arte.

Nota del editor: este artículo es un perfil que describe la vida de un hombre entregado al arte y la naturaleza. Esta nota redactada el año 2013, como trabajo universitario, sale hoy a la luz como una forma de conmemorar a los personajes anónimos cuyas vidas se cruzan diariamente con las nuestras y que merecen ser contadas. Toda vida es importante.

Por Christian Le-Cerf León

Bocinazos, murmullos callejeros, el ruido de los hierros cuando el metro se detiene en la estación, todo pasa a un segundo plano en el momento en que un cincuentenario violín empieza a balbucear melancólicamente las primeras notas del día,  sobreviviendo al implacable ruido urbano que azota las veredas aledañas, gritando con fuerza que sigue vivo. Entre las dos calles que llevan el nombre de Carlos Condell, el héroe de la Guerra del Pacífico que vivió sus últimos años en la Ciudad del Sol, se ubica un armatoste de cemento bastante hosco, cuyo color gris no hace más que seguir deprimiendo a los usuarios de Merval de cara a sus jornadas laborales.

La estación de Quilpué, ubicada en pleno centro de la comuna, ve transitar sobre ella a un gran número de personas. Algunas a paso estresante, otras más calmadas. Esta se transforma en un testigo silencioso del constante ajetreo que se vive durante la semana, pero no es la única. Sentado en una intersección de la escalera que da a Condell Sur, masticando con dificultad una manzana verde, Curt Armin Finster Hafenrreffer (1934-2018) observa, con sus penetrantes ojos azules, como la gente esparce cual epidemia su energía negativa. “Están todos muy enojados, muy estresados, eso no les hace bien a ellos mismos”, comenta el anciano que el próximo año cumplirá ocho décadas de vida.

Ingeniero forestal de profesión, y alejado de esta actividad por problemas al corazón, Finster pasa gran parte del día en la estación tocando el violín que compró su padre para amenizar las fiestas que realizaban en la casa. Su padre, llamado Curt Finster también, fue un alemán que llegó a las salitreras de Antofagasta (de ahí que el hijo naciera en la oficina María Elena), era ingeniero mecánico y durante mucho tiempo fue profesor y decano de la Facultad de Mecánica de la Universidad Técnica Federico Santa María. Eso generó que su familia se trasladara a Quilpué el año 1940, radicándose en el barrio El Retiro, lugar donde incluso Curt hijo fue parte de las divisiones inferiores del Club Deportivo Albión.

Sus hermanos estudiaron la misma carrera que el patriarca del clan Finster Haffenreffer, pero Curt era diferente: su amor por la naturaleza lo llevó a escoger un camino distinto. “A mí no me gustan los fierros, a mí me gustan los árboles, la naturaleza. Por eso estudié dos años agronomía y cuatro forestal en la Universidad de Chile”, explica el violinista con una potente sonrisa en su desquebrajado rostro, que se contradice con la atribulada mirada que proyecta al momento de hacer vociferar su instrumento.

Sentado en el banco que usa para interpretar distintas melodías en su compañero de tantas travesías, Finster se siente agradecido de esta vida, la cual le ha traído momentos inolvidables. Durante su época universitaria, la oportunidad de un intercambio hacia el lugar de sus raíces, le concedió la posibilidad de explorar los bosques de quince países en tan solo cinco años. Con Suecia como punto de partida, un joven Curt recorrió gran parte del viejo continente, trabajando en las grandes y frondosas áreas verdes que allá se asientan, emulando, muchas veces, a los bosques medievales de antaño. México, por extraña razón, fue el punto final del itinerario que el estudiante peregrinó con tanta alevosía. El próximo destino era volver a casa.

Un leve temblor, que desaparece cuando ejecuta su instrumento, se hace patente en sus curtidas manos al  momento de sacar de su bolsillo, con sutileza, un montón de tarjetas y papeles, todas sujetas con un elástico gastado. “Yo le entregué todo mi material personal a unas personas que querían hacer un libro sobre mí, pero hasta el día de hoy no he visto nada”, asevera el violinista. Finster, además, participó como actor en variados cortometrajes y videoclips, en su gran mayoría de estudiantes universitarios. En esta materia, destaca su interpretación de 12C en el corto animado de ciencia ficción Humanoide No Robot (2010), hecho por alumnos de cine de la Universidad de Valparaíso y que tuvo un paso destacado por el Festival de Cannes el 2011.

Tras su regreso a Chile, Curt Finster se trasladó a Valdivia, ciudad que lo cobijó durante 40 años. Laborando en el Servicio Agrícola Ganadero de la región de Los Ríos, se transformó en docente de la Universidad Austral y fue impulsor de la Ley para evitar el talaje de los Árboles Nativos en el Sur de Chile. Además, en esa zona encontró a quién se transformaría en su compañera de vida: la escritora y pintora Inker Kretschmer, pariente de los dueños de la cervecería Kunstmann, con la cual tuvo tres hijos. Aún revolviendo en los documentos que tenía en su chaqueta, me muestra la foto, antigua y gastada por los años, de una mujer, “la más linda que he visto en mi vida”, comenta orgulloso. Junto a su esposa publicaron variados libros, los que vendía cuando tocaba en la estación. “Tú y la inmensidad”, “La Consciencia, conciencia” y “Sembrando Amor” (donde narra sobre su vida académica y la defensa de la flora del sur austral de nuestro país) son algunos de los títulos que engrosaron su actividad literaria.

Cada vez pasa más gente por la estación, algunos le dejan monedas en aquel roñoso estuche, quien con su letrero hecho a mano que reza “Por la música”, se ha transformado en un elemento más de la puesta en escena que día a día realiza este músico callejero. Para Curt lo más importante es el cariño de la gente, mucho más que el dinero que pueda caer en el fondo verdoso de la envoltura de su violín. “Para mí, que me saluden y agradezcan lo que estoy haciendo, es más grande que pedir un billete, me llena más”, se sincera Finster, mientras se saca su gorro de lana para rascarse su cabello cano y saludar a un par de transeúntes que le regalan unas cándidas sonrisas.

Quillota fue su siguiente parada, ya que su nuevo destino laboral fue el Cerro La Campana. Diferencias con sus jefes, debido a la cercanía que Finster tenía con los empleados, significaron su despido, dando por terminada su carrera de ingeniero forestal. Con casi 70 años, Curt comenzó a vender mermeladas y nueces con higos, hasta que un día, viajando en el metro y por mero aburrimiento, decidió tocar su violín, ya que “encontraba que estaba todo muy gris, muy aburrido, la gente muy triste y la vida no es así, es para reír”, asegura. La respuesta fue inmediata en la gente, quien con cierta parsimonia en sus rostros escuchaban atentamente la improvisada actuación. Así estuvo hasta los últimos días de su vida, cuando por motivos de salud y de su avanzada edad debió dejar su musical labor. El día 21 de noviembre del presente año, Curt Finster falleció a los 84 años, dejando un recuerdo imborrable en los usuarios del metro y en quienes lo conocieron al pasar, y se dejaron encantar con las melodías que pregonaban de su talentosa ejecución.

Equipo de Redaccion

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