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La historia de la “otra” casa de Pablo Neruda en Valparaíso

La historia de la “otra” casa de Pablo Neruda en Valparaíso

La vivienda era de propiedad de una familia de marinos comunistas de apellido Keinkert, a la que Neruda llegó por sugerencia de su camarada Galo González.

El Cerro Lecheros, en Valparaíso, alberga uno de los escondites que usó el poeta Pablo Neruda durante su célebre año “clandestino” en 1948: una bella casona que inspiró partes del “Canto General”,< el único refugio que el vate incluyó en sus memorias, cuya historia otros cineastas y escritores han recogido. Sin embargo, el olvido y la indiferencia de la ciudad han conspirado contra su definitiva recuperación.

Por Marcelo López Marchant

La historia es digna de una película, casi irreal. 1948, año convulsionado y el poeta Pablo Neruda, a la sazón Premio Nacional de Literatura, personificaba al símbolo de la persecución política, luego que el presidente Gabriel González Videla promulgara la “Ley de Defensa de la Democracia” –o “Ley Maldita”-, con la cual no sólo alejó al Partido Comunista de su gobierno sino además lo proscribió, comenzando a reprimir a sus adeptos.

Era una época dura, se iniciaba la polarización de la Guerra Fría, y Neruda ya era autor y activista de izquierda reputado en el mundo. Como senador, en el Congreso, hablaba fuerte y con sabiduría, su influencia lo convertía en personaje de temer para los opositores. Por eso, González Videla centró en el vate al ícono de su cacería, y junto con lograr su desafuero parlamentario, se desveló con la idea de silenciarlo, atraparlo y meterlo a la cárcel.

Neftalí Reyes Basualto, autor, diplomático y político distinguido, iniciaba así su periodo “clandestino”, un poco más de un año en el cual erró por distintos lugares del país junto a su señora, Delia del Carril, apelando a la generosidad de anónimos “compañeros” que lo escondían a la espera de sus intentos por salir de Chile, mientras –en paralelo- iba escribiendo su más célebre obra: “Canto General”.

Y en este mítico peregrinaje, uno de sus tantos episodios –cómo no- lo trajo a Valparaíso, la ciudad puerto. 

LA INSPIRACIÓN PARA SUS VERSOS

Fue en el Cerro Lecheros, en una casona grande, pero sencilla aún ubicada en el n° 14 de la calle Cervantes, ahí en la salida de la estación superior del –hoy desaparecido- Ascensor Lecheros, donde el poeta y la “hormiguita” –como le decía a su esposa- llegaron una noche de otoño.

La vivienda era de propiedad de una familia de marinos comunistas de apellido Keinkert, a la que llegó por sugerencia de su camarada Galo González, según recogió el fallecido José Miguel Varas, Premio Nacional de Literatura, en su novela histórica “Neruda Clandestino” donde cifra en 11 (al menos) las casas por las que circuló el autor. La idea inicial era que Neruda estuviera allí unos días para luego salir rumbo a Ecuador, como polizonte en un buque mercante.

El propio poeta, en el capítulo 8 de sus memorias, “Confieso que he vivido”, dedicó un apartado a su vivencia en el subterráneo de esa casona, con el título “El cuerpo repartido”. “Entre los sitios conmovedores que me albergaron, recuerdo una casa de dos habitaciones, perdida entre los cerros pobres de Valparaíso. Yo estaba circunscrito a un pedazo de habitación y a un rinconcito de ventana desde donde observaba la vida del puerto. Desde aquella ínfima atalaya mi mirada abarcaba un fragmento de la calle”, detalla en el escrito. Se refería al pasaje Quillota (que hoy comparte acera con el Jumbo-Easy) y que ya entonces era un pequeño polo comercial de barrio.

Más adelante, describe la curiosidad que le provocaba el flirteo de una de las hijas de sus anfitriones con un humilde repartidor de huevos, cuenta cómo la familia le posibilitó sumar un mascarón de proa a su famosa colección y se refiere –con gran humor- a la “operación secreta” que le permitiría huir al extranjero. “El plan era que yo me embarcara clandestinamente en la cabina de uno de los muchachos, y desembarcara al llegar a Guayaquil, surgiendo de en medio de los plátanos, vestido de pasajero elegante (…) Se decidió en la familia, ya que era inminente la partida, que se me confeccionara el traje apropiado –elegante y tropical- para lo cual se me tomaron oportunamente las medidas. En un dos por tres estuvo listo mi traje. Nunca me he divertido tanto como al recibirlo”.

Aunque el plan falló, aparentemente Neruda disfrutó su paso por el cerro Lecheros, que según cercanos al intelectual –como Sara Vial– habría durado cerca de 6 meses. Y no sólo eso: su experiencia porteña “alternativa” (o digamos no-oficial, al menos, en contraposición a su vivencia como propietario de La Sebastiana en el Cerro Florida), le permitió inspirar algunos de los poemas de su “Canto General”, como en el canto X, “El fugitivo” (muy ad hoc) donde escribió:

“¡Ventana de los cerros! Valparaíso, estaño / frío,/ roto en un grito y otro de piedras populares! / Mira conmigo desde mi escondite / el puerto gris tachonado de barcas, / agua lunar apenas movediza,/ inmóviles depósitos del hierro./ En otra hora lejana,/ poblado estuvo tu mar, Valparaíso,/ por los delgados barcos del orgullo”.

Una placa afuera de la casa, de hecho, recuerda que nuestro Nobel vivió allí y escribió estos versos claves.

Una placa afuera de la casa, de hecho, recuerda que nuestro Nobel vivió allí y escribió estos versos claves.

UN TESORO OCULTO

La estancia de Neruda en el Cerro Lecheros no sólo fue recogida por él mismo y por el escritor José Miguel Varas. Un día de 1970, y ya estando la casa en poder de la familia Aguilera -cuya hija María Teresa Aguilera es la actual dueña-, el propio autor de “Residencia en la Tierra” golpeó la puerta. “Hola, soy Pablo Neruda, ¿puedo pasar?”, dijo con humildad, mientras hacía entrar al cineasta Hugo Arévalo y algunos invitados, entre ellos Raúl Zurita. Iban a filmar la casa, recordando así el paso añorado del poeta por ese cerro perdido del puerto.

La serie documental “Historia y geografía de Neruda” de Arévalo recoge esa experiencia. Los recuerdos de la niña Teresa (entonces tenía 6 años) y un libro autografiado que dejó como testimonio también, según confidenció para La Otra Voz.

“Neruda vivió unos meses y luego volvió aquí, estando nosotros ya en esta casa. Era el año ’70, yo era muy chica, pero lo recuerdo muy bien, recorriendo los espacios, el sótano donde estuvo, desde donde miraba el mar y el puerto. Estaba grabando un documental, como muchos otros que se han filmado en esta casa”, rememora la actual dueña del lugar.

Un año después recibió el Premio Nobel, en 1971, y pronto –muy pronto-, vino la debacle. Con la muerte de Neruda en 1973, y el inicio de la dictadura, vino el olvido del hito de esta casa. Con el Partido Comunista (PC) (y con todos los partidos políticos) nuevamente proscrito, todo lo que sonara al poeta fue dejado de lado, escondido, tapado. En paralelo, los Aguilera siguieron residiendo allí, albergando y cuidado el tesoro más bien íntimo de lo que significó tener a uno de los chilenos más universales refugiado en esa casona que pasó a sus manos.

Al volver la democracia, la figura del poeta retornó a su pedestal. Sin embargo, la Fundación Neruda –la entidad que administra y decide sobre el legado nerudiano- no tuvo mayor consideración hacia este o los otros refugios que acogieron a Neruda en su periodo “clandestino”, pese a que –como dice María Teresa- “los amigos de La Sebastiana”, insistían en ayudar a consolidar una suerte de circuito entre estos dos hitos porteños. Las tres casas-oficiales (Isla Negra, La Chascona y La Sebastiana) se convirtieron en íconos, mientras el refugio del Cerro Lecheros fue quedando en el olvido, apenas conocido por quienes leían las memorias de Neruda y se animaban a encaramarse a los recovecos de este rincón porteño.

“Sería excesivo hablar de esta casa como un punto de inflexión en la vida del poeta. Lo que ocurrió fue que en ese momento, en su vida se abrió una bifurcación de caminos o de opciones, y él se fue por la de la cordillera y el frío y no por la del trópico y el mar”, desdramatiza Darío Oses, biógrafo “oficial” del poeta y parte de la Fundación Neruda, quien –no obstante- destaca que la casa en Lecheros fue la única mencionada por el autor en sus memorias.

Ya han pasado los años, y de concretar una verdadero reconocimiento ha habido bien poco. Con motivo de los 50 años del “Canto General”, en el año 2000, con “apoyos” del Gobierno Regional, la Municipalidad de Valparaíso y la Fundación Neruda, se colocó una placa recordatoria. Al mismo tiempo hubo promesas de refacciones y se habló de la idea de instalar un centro cultural: apenas se le dio una mano incompleta de pintura, prometiéndose una segunda “para dos semanas más”, de eso ya doce años.

En 2010, una larga investigación de la Policía de Investigaciones (PDI) liderada por el prefecto Gilberto Loch, incluyó la casona dentro de los “Tesoros ocultos de la Región de Valparaíso”, un precioso libro que mostraba hitos patrimoniales semi-conocidos de la zona, y que permitió reflotar mediáticamente la historia del refugio. Luego, en enero de 2011, con motivo del Festival de las Artes, el Consejo Nacional de la Cultura –a instancias de la administración La Sebastiana- renovó la placa del “Canto General” en la casa de calle Cervantes. Jamás se escucho de nuevo del posible centro cultural.

HAY QUE RECUPERAR LA MEMORIA

Eliana Olivos, histórica dirigente de la Junta Vecinal n° 53 Los Lecheros, conoce la historia de la casa como la mayoría de los residentes de esta pequeña loma que parece perderse entre el Cerro Barón y el Larraín. Y aunque asegura que como entidad vecinal, y sobre todo tras el cierre del Centro Cultural Los Lecheros –que brindaba gran impronta cultural al barrio- no es mucho lo que pueden hacer respecto, pero respaldan las intenciones de María Teresa Aguilar de tener algún hito concreto allí. “Ahora que están anunciando la recuperación del Ascensor, que sería un tremendo aporte a toda la comunidad, creo que podría buscarse una forma de darle más vida a la casona que, fuera de la placa, no tiene otro reconocimiento. Hay que generar una costumbre, convertirlo en un lugar de visita a futuro, quizás no como La Sebastiana pero sí que sea un espacio de interés”, propone.

Los vecinos saben que María Teresa lleva más de una década buscando convertir la “Casa del fugitivo” en un hito de la ciudad.

María Teresa lleva más de una década buscando convertir la “Casa del fugitivo” en un hito de la ciudad. Y asegura estar decepcionada, sentir impotencia y tristeza. En 2007, con un proyecto arquitectónico en mano, se quedó con los crespos hechos. “Estábamos postulando al Capital Semilla de Corfo, con la idea de convertir la casa en un centro artístico-cultural y se quemó el ascensor. Y aunque no es mayor problema, porque estamos a dos cuadras de la avenida Argentina, estos señores no quisieron que prosperara. Quedaron en llamarme…y aún espero, desde 2007 a la fecha”.

Su idea actual no es hacer un museo. “Sería una farsa hacer un museo, instalar una máquina y decir que con eso escribió el ‘Canto General’. No me interesa falsear la historia, ni tampoco hacerme millonaria. Yo pretendo hacer algo que a Neruda le habría encantado: un refugio donde haya un centro de exposiciones, una sala de tertulias, un puesto de venta de libros y recuerdos, un café, y exhibir unos manuscritos que me regalaría una amiga de Pablo. Mi idea es recuperar la memoria”, dice.

El proyecto, que según calcula costaría unos $20 millones, duerme sin apoyos. María Teresa no puede creer que Corfo y el Estado financien pubs y restoranes sin historia, ubicados todos en la misma zona, y que se olviden de hitos como el de Lecheros. “Es una casa maravillosa, con historia, y un sitio súper interesante. Es indignante que todos los dineros se vayan al Cerro Alegre, cuando todos los cerros de Valparaíso, y este en particular, tienen algo que contar”, agrega.

Aunque dice no estar “enojada” con la Fundación o con el Consejo de la Cultura, sí le molesta que los gestos se hayan quedado sólo en temas como la famosa placa (renovada dos veces). “No hay mayor intención, habiendo tantos elementos para ayudar a rescatarla. La única forma es empezar a pulso, arrendar una pieza a turistas extranjeros y con eso ir invirtiendo un poco en refacciones. Neruda se debe revolcar en su tumba cuando ve tanta burocracia”, remata. LOV

Equipo de Redaccion

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