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La biografía prohibida de Juan Rulfo

La biografía prohibida de Juan Rulfo

Durante una visita a Buenos Aires en 1974, cuando le preguntaron por milésima vez por qué no publicaba transcurridas dos décadas (entonces) de Pedro Páramo y El llano en llamas, Juan Rulfo pidió que alguien leyera un cuento de su amigo Augusto Monterroso titulado El zorro es más sabio.

El relato trata de un zorro que se convierte en escritor, publica un libro bueno, luego otro mucho mejor, y con eso se da por satisfecho, pero los demás no dejan de presionarle para que publique más. Entonces el zorro se pone a reflexionar: «En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer». «Y no lo hizo», dice la última línea del cuento.

Con esta anécdota ilustra la escritora argentina Reina Roffé tanto el famoso silencio de Rulfo, del que ya se ha dicho todo y más, como su carácter extraño, atravesado de una desconfianza campesina que en su caso revestía tintes de manía persecutoria. Lo hace en una biografía no autorizada que publica Fórcola coincidiendo con el centenario del nacimiento del autor, el próximo martes.

Roffé se remonta a los enfrentamientos armados durante la Revolución mexicana y a la posterior revuelta de los cristeros contra la política antirreligiosa del Gobierno para explicar la personalidad escurridiza y recelosa del escritor, marcada además por el asesinato de su padre en el contexto de esos sucesos y la posterior muerte de la madre siendo él aún un niño.

El misterio sobre muchos aspectos de su biografía comienza con las dudas, alimentadas por él mismo, sobre su lugar de nacimiento: Apulco, Sayula, San Gabriel... Nada puede afirmarse a ciencia cierta de dónde vio la luz Rulfo salvo que lo hizo en el Estado de Jalisco. Tampoco es posible reconstruir el puzle del asesinato del padre, el tema por excelencia de su exigua y sensacional producción.

Por la biografía de Roffé conocemos detalles de su paso por el seminario, una etapa que «cercenó, literalmente, de su historia personal», según la ensayista y novelista, y que, sin embargo, le permitió desarrollar una noción muy personal de eternidad, «esa eternidad, sin espacio ni tiempo, donde sufren los personajes rulfianos».

Tras trabajar como vendedor de neumáticos para la Goodrich-Euzkadi, Rulfo pasa al departamento de publicidad de la compañía e inicia la escritura de Pedro Páramo, que en pocos años lo convertirá en un autor de fama internacional para asombro de todos, comenzando por él mismo. En las bibliotecas se sorprendía de ver anaqueles enteros dedicados a su obra. De un estante asomaba el delgado lomo de sus obritas, y el resto eran decenas de tesis doctorales sobre ellas. «Nunca me imaginé el destino de esos libros», admitía Rulfo. «Los hice para que los leyeran dos o tres amigos o, más bien, por necesidad».

Extremadamente sensible a las críticas, el jalisciense «pensaba que los demás le deseaban el mal y tenía una actitud de desconfianza y de rencor», le dice a Roffé la escritora Elena Poniatowska. Pero Rulfo no era el único en creer que una parte del ambiente cultural mexicano conspiraba contra él.

Si alguien le inspiraba una inquina especial era el culto y diplomático Octavio Paz, patricio de las letras mexicanas que, si bien no habló nunca mal de su colega, lo ignoró olímpicamente incluso después de morir, cuando su revista Vuelta le dedicó menos de 10 líneas.

Rulfo no ocultaba su rechazo visceral por Paz. Cuando lo invitaron a un congreso de literatura latinoamericana en Alemania y le dijeron que el poeta había confirmado ya su asistencia, se aprovechó de su prestigio mundial para lanzar un ultimátum: «Si va Paz, yo no voy». Los organizadores tuvieron que desconvocar a Paz.

La relación con su paisano Juan José Arreola era más bien de amor-odio. Rulfo, hombre de una cultura vasta pero heterodoxa, odiaba a los sabelotodos como Paz o Arreola, pero cada vez que lo invitaban a un congreso pedía que llamaran a éste para que enriqueciera la cita con su saber proverbial y su elocuencia.

Reina Roffé condensa otras filias y fobias del escritor. Admiraba a Borges a pesar de que «no dejaba hablar a nadie», y no entendía cómo Bioy lo soportaba. Apreciaba menos a éste que a su mujer, Silvina Ocampo. Su escritor favorito era Cortázar y valoraba mucho a Roberto Arlt y Manuel Puig.

Se entendía de maravilla con narradores de su mismo corte. Con Monterroso, por ejemplo, autor -como él- de pocos libros y que, por tanto, podía valorar el silencio creativo de Rulfo como «un gesto heroico de quien, en un mundo ávido de sus obras, se respeta a sí mismo y respeta, y quizá teme, a los demás».

En uno de tantos congresos, se hizo amigo de Guimaraes Rosa, y con él, charlando -porque Rulfo, el lacónico, era buen conversador con quien quería- «hizo un viaje demencial en autobús, de Ciudad de México a Guadalajara. Lo peor es que al llegar a Guadalajara volvieron en el autobús siguiente», relata Roffé.

Y qué decir de la amistad con otro arisco incorregible, Onetti. Una conversación entre ellos podía parecer «un espectáculo de mimos», tal era el gusto de ambos por estar juntos sin hablar. El autor de La vida breve lo explicaba así: «Cuando me encuentro con él, nos decimos: ‘¿Qué tal estás tú, Juan?’, y él me dice: ‘¿Qué tal estás tú, Juan?'”.

Por el escritor Mempo Giardinelli, uno de tantos autores jóvenes a los que Rulfo apoyó sin reservas, sabemos que éste mantuvo una relación extramarital con una misteriosa mujer 30 años más joven, una profesora y traductora argentina que a finales de los 80 se radicó en Madrid.

Roffé dispara para terminar: sabe que muchas de sus revelaciones no agradarán al «minúsculo y recalcitrante círculo» que «se ha adueñado de Rulfo», pero su único interés es recuperar las huellas de un hombre que, como afirma Blas Matamoro, pareció obstinarse en caminar sobre arena.

Escrito por P.Unamuno para El Mundo

Equipo de Redaccion

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