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Sepulturero Viñamarino: “YO ENTERRÉ Y DESENTERRÉ A SALVADOR ALLENDE”

Sepulturero Viñamarino: “YO ENTERRÉ Y DESENTERRÉ A SALVADOR ALLENDE”

 

Hugo Guzmán vivió dos momentos históricos de Chile: el entierro y la exhumación del ex presidente Allende. Aquí, de forma exclusiva para La Otra Voz, el sepulturero viñamarino recuerda detalles inéditos de ambos acontecimientos y critica el poco cuidado que hubo con los restos del ex mandatario. “Todos los que lo sepultamos quedamos marcados de por vida”, confiesa.

Por Jorge Paredes Oróstica

A veces hay personas que tienen la suerte -para bien o para mal- de ser actores y testigos de hechos significativos para la historia de Chile. En la vida te puede pasar una vez, o quizás nunca. Pero hay excepciones. Como por ejemplo, ser en dos ocasiones, un mudo testigo de sucesos llenos de dolor y sufrimiento. Ser un caso especial.

Eso le pasó a Hugo Jaime Guzmán, un experimentado sepulturero, ya jubilado, que enterró en el clásico cementerio de Santa Inés de Viña del Mar al ex presidente Salvador Allende, y que también, 17 años después, participó de la cuestionada exhumación de los restos del ex mandatario. Don Hugo, lo quiera o no, presenció momentos que difícilmente se pueden o quieren olvidar.

Han pasado 38 años desde la trágica muerte del gobernante socialista durante el Golpe Militar, apoyado justamente por aquellos que hoy gobiernan en democracia. Sin embargo, actualmente las querellas interpuestas por las circunstancias de su deceso e investigadas por el programa televisivo Informe Especial ponen sobre el tapete público nuevamente –para molestia de algunos- el fatídico 11 de septiembre de 1973 en La Moneda, el día de su entierro en Viña del Mar y su posterior exhumación en 1990. Y justamente aquellos días, Hugo Jaime Guzmán los recuerda como si fuera ayer.

Hugo habla con una acelerada pronunciación que complica a veces seguirle el relato. Sin embargo, mantiene vivo en su memoria cada detalle. Un registro propio que le permitió responder cada una de las interrogantes del juez de la investigación, Mario Carrozza, tanto por lo ocurrido el 12 de septiembre, día de la sepultación de Salvador Allende, como por lo del 17 de agosto de 1990, cuando se efectuó el primer desentierro de las osamentas del ex mandatario. “Yo enterré y desenterré al ex presidente”, revela.

Informe Especial, en su edición del 30 de mayo, planteó la hipótesis del posible asesinato de Salvador Allende, aunque  según la reciente versión del Servicio Médico Legal habría sido suicidio. El episodio de TVN detonó en Guzmán recuerdos olvidados, antiguos sentimientos y viejos rostros, acumulados en un devenir laboral que construyó de la mano de la muerte. “Esa fue mi escuela y mi universidad”, enfatiza orgulloso.

Hoy reflexiona con propiedad lo vivido el día del entierro de Allende y lo crítica. “Para mí fue algo inmoral, no fue como debería, con todos su familiares, la gente que lo quería, como es habitual. Fue algo terrible, puede haber desorden, desorganización, pero en este caso había que hacerlo de forma privada, pero había que hacerlo con gestos y con más gente, más público”, dice taxativo el sepulturero, quien en general para los deudos disponía de agua en su escritorio para ofrecerles, un pequeño gesto para superar el dolor en los difíciles trámites mortuorios.

UN DÍA EN LA HISTORIA

Esperar, esperar y esperar. Esa era la orden militar para el día de la sepultación El camposanto viñamarino fue sitiado por fuerzas militares, provocando desvíos de tránsito, los 6 funcionarios del cementerio y el administrador, eran los únicos autorizados para aguardar a la comitiva que traía los restos del ex presidente.

Curiosamente, por cosas del destino, Allende había estado días antes en el mismo lugar donde sería sepultado, la muerte de su hermana Inés lo había hecho viajar a Viña del Mar, Guzmán recuerda que arribó con una comitiva del GAP (Grupo de Amigos del Presidente) a esa anterior jornada. Tras el Golpe de Estado serían su cuerpo el que descansarían junto a su hermana, sin lápidani flores, esa serían las órdenes. Nada de honores, palabras, o gestos. Nada. Sólo seis representantes de las Fuerzas Armadas. Dos del Ejército, dos de la Marina, y dos de Carabineros, que enfilaban el cortejo. Su señora, Hortensia Bucci, su hija Laura y dos sobrinos fueron los únicos que acompañaban el cuerpo del ex mandatario.

Hugo Guzmán se detiene. Suspira. Respira profundo. Intenta hablar. Pero guarda un silencio que pareciera lo traslada a aquellos instantes cuando bajaba el féretro. Continúa.  Detalla el tenso momento vivido. “Cuando bajé el féretro de reojo vi al edecán aéreo muy afectado”, relata. De la señora “Tencha”, comenta que se encontraba serena, ni un solo llanto. Nada de raro, los que la rodeaban eran los mismos que perpetraron el Golpe que dio muerte a su esposo. Ella no les daría en el gusto.

Por primera vez, el retirado sepulturero cuenta su historia en profundidad. Con su boina y lentes, nostálgicamente mira las fotos de su archivo, y revela detalles poco conocidos de ese día. Como por ejemplo, que al retirarse la comitiva a almorzar, cerca de las 14:30 horas, los vecinos de Santa Inés entraron al sepulcro para darle el adiós al presidente. Sin guardias que los detuvieran, levantaron la escotilla del ataúd, corrieron la caja a un costado, destapando el rostro de Salvador Allende. De vuelta del almuerzo, en el desaparecido ya bar Quita Penas, los funcionarios del cementerio, debieron alejar a las personas para tapar nuevamente el féretro.

Pero quienes estaban ahí no sólo eran curiosos, sino que también adherentes a la Unidad Popular. Según Guzmán, ellos exigían saber si era verdad la muerte del ex presidente de Chile. Otros pedían una misa y un funeral. “Nosotros les pedimos que no hicieran nada, que fueran respetuosos, que podía llegar la policía y que sería peor”, recuerda. Finalmente el administrador buscó a Carabineros, el camposanto fue desalojado y un funcionario militar se mantuvo de punto fijo. Las órdenes para los trabajadores, como él, fueron claras: se prohibía  dar información, permitir fotografías, entregar flores o colocar placas donde descansaban los restos.

El 13 de septiembre la tumba es cerrada. Ellos continúan trabajando normalmente, aunque cueste. Los primeros días solo algunos pocos visitantes se acercan a dejar un saludo o una flor. Con el paso de los años, el sitio se transforma en un verdadero refugio para los viudos de Allende. Cada 11 de septiembre se honró su nombre con actos y grandes visitas. Los 17 años pasan rápido en un país convulsionado por un dictador que dejaría un legado de tortura y sangre. En 1990 la historia parte de nuevo. Y Guzmán es parte de ella nuevamente. 

 

En una publicación de la desaparecida “La Nación Domingo” se ve a don Hugo Jaime Guzmán en la exhumación de 1990.

EL DESENTIERRO

Regresa la democracia, de la mano de una nueva coalición política, la Concertación. El presidente a cargo de esta vuelta, es Patricio Aylwin (DC). El Gobierno entonces busca darle un funeral como corresponde a un ex presidente elegido democráticamente. En una acción netamente política alejada de cualquier consideración científica o de investigación, se prepara la exhumación. Un acto que hoy en día es fuertemente cuestionado y que generó un sinfín de preguntas sin respuestas. Sólo diez personas, incluidas el ministro Secretario General, Enrique Correa, y dos de los sepultureros originales que lo enterraron en 1973.

Guzmán lo recuerda y está consciente de la cuestionable acción. “La forma en que se hizo la exhumación no debió haber pasado, no debió suceder así”, analiza. Pero el ese día acataba ordenes y una de ellas fue sacar las osamentas y  ordenarlas. “No somos especialistas médicos,  nuestra pega era la reducción. Las vestimentas se botaron, estaba todo húmedo”, recuerda. El doctor Arturo Jirón, su médico personal, bajó al lecho y reafirmó que era Salvador Allende quien se encontraba en el féretro. De ahí, se inició el proceso de reducción, sin considerar resguardar las ropas, u algún otro elemento que permaneciera en la urna. “Nosotros recibíamos ordenes”, repite Guzmán.

El 17 de agosto de 1990, a las 20 horas, comenzó la exhumación. “El error más grande fue botar la ropa, puede que ahí hubiese habido algún indicio de algo, no se guardó nada ni zapatos ni nada, solos los restos humanos”. Posteriormente, se depositó lo sacado a una pequeña urna, que se guardaba dentro de otra más grande. Hasta la fecha en que se realizó la ceremonia en Santiago, el 4 de septiembre de ese año se mantuvo la urna en Viña.

Con el funeral de Estado se reivindicaba la figura política del ex mandatario y se rompía el silencio impuesto por casi dos décadas, en torno a la imagen, palabras y acciones de Allende. Sin embargo, en dicha premura, se obvió invitar a expertos forenses para así resguardar cada elemento y objeto, cuestión que ahora sería de vital importancia para los peritajes hechos.

El sepulturero cree, en su opinión, que Salvador Allende lamentablemente se suicidó. Lo dice por su experiencia. Es de las pocas personas vivas que lo enterró y lo desenterró y tuvo asiento de primera fila para observar al personaje histórico que yacía en su cementerio. Por eso lo reafirma. “Es una teoría mía, que yo no la cambio, que me digan otra y me contradigan es otra cosa. Además, el lo dijo, vivo no me sacarán de La Moneda”.

El jubilado hombre recorre la Ciudad Jardín portando en su memoria parte de la historia de Chile. Una historia que otros personajes intentaron silenciar para siempre, una historia que supo de muertes, torturas y exilio. “Todos los que lo sepultamos quedamos marcados de por vida”, concluye, consciente de lo que vivió.  “Había que hacerlo, no en la forma que uno hubiese querido, pero había que hacerlo”, reflexiona mirando al pasado, pensando que todo hubiese podido ser distinto. LOV

Equipo de Redaccion

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