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EL SINGULAR MUNDO DE ASPAUT

EL SINGULAR MUNDO DE ASPAUT

Muchas veces incomprendidos y discriminados por sus conductas fuera de lo «normal», el mundo de la Asociación de Padres y Amigos de Niños Autistas (Aspaut) es particular en cada detalle. El colegio de esta asociación aparece en los cerros de Viña del Mar para “batallar” a diario con alegría y unidad  en búsqueda de un solo objetivo: sacar adelante a sus 52 alumnos fomentando sus capacidades. Lea su historia acá.

por Gonzalo Espinace

“Espérame un ratito, no me demoro nada”, nos advierte con voz dulce, pero agitada, Viviana González, la directora de la escuela de capacitación laboral de la Asociación de Padres y Amigos de Niños Autistas (Aspaut), ubicada en Santa Inés en la Avenida Concón.

La respuesta que entrega la directora es entendible, hoy es la ceremonia de fin de año y todos afinan detalles: firman los últimos diplomas, convocan a los apoderados más tercos, terminan la ornamentación, etc. En el patio de la escuela especial revolotean los 52 alumnos que integran este establecimiento; mientras la mañana de un día viernes avanza indetenible.

El centro para los chicos autistas nació hace más de 20 años en Viña del Mar con esfuerzo y dedicación, cuando padres con hijos autistas comenzaron a reunirse en casas, departamentos o hasta en la Quinta Vergara, para conversar y ayudarse mutuamente.

Aspaut tiene una historia de superación y unión desde sus raíces. Incluso hace un par de meses tuvo que enfrentar la instalación de una gran antena celular que el Club de Campo Granadilla, permitió a 10 metros del recinto. Por suerte, los reclamos y manifestaciones, por los posibles riesgos que esto conllevaba fueron escuchados y  fue retirada.

En un costado del pasillo, en el patio interior, un joven autista le muestra a su madre las dependencias. Ella escucha con atención. Las sonrisas y las preparaciones en vez de provocar nerviosismo, endulzan el ambiente. Uno especial y cariñoso, igual que sus integrantes.

NO ES UNA ENFERMEDAD

“Rápido, vengan por acá”, manda la directora a sus pupilos y los chicos se juntan. En la escuela de fachada verde la vida es ajetreada. “Así es el movimiento acá”, me señala y tiene razón, porque en el centro -que atiende desde jóvenes de 2 años hasta 26 años- trabajan 35 personas divididas en educadoras diferenciales, asistentes educacionales, un neurólogo y terapeutas ocupacionales.

Cuando fuimos, estaban celebrando el fin de año (2009). La pasamos muy bien.

Ingresamos a su oficina, mientras las educadoras entran y salen. Nadie reclama. Al contrario, su coordinación es asombrosa; mucha unidad e ímpetu para ayudar diariamente a los niños que sufren de este complejo trastorno social y mental, y que son capacitados gracias a talleres laborales de carpintería y lavandería.

“El niño autista nace y muere autista”, explica la máxima autoridad del recinto sobre una condición que afecta solo a 4 de cada 10 mil personas. Y continua explayándose la docente de la Universidad del Mar. “No es una enfermedad que se pueda intervenir y vaya a mejorar. Lo que se hace es mejorar las competencias (la relaciones sociales, comunicación, y rigidez mental) desde que es pequeño y que pueden estar deficitarias para así gozar de una vida más armónica”.

Desde la oficina, donde entrevistamos a Viviana González, se ve en el patio la unidad entre los educadores. Algunas ordenan las sillas, otros se encarga de los alumnos, otros hablan con los apoderados. Es que así, me explican, es como se mantiene de manera estable desde 1992, fecha en la que se mudaron a Santa Inés (después de pasar por Chorrillos, Recreo, entre otras ubicaciones), gracias a un comodato entregado por el Ministerio de Bienes Nacionales por 20 años.

En esa época el establecimiento fue reconocido como escuela especial por el Ministerio de Educación (Mineduc), organismo que les da actualmente una subvención anual, lo que se suma al aporte efectuado por los socios de Aspaut. Pero no alcanza, los gastos para su mantención superan al aporte.

LA CEREMONIA

La vocación y dedicación son dos conceptos que fácilmente se vienen a la mente al ver el acto que va a comenzar. Andrea Oyarzún, lo sabe, la profesora de música llegó hace dos años y en un principío no fue fácil encajar. “Ningún alumno me saludó los primeros cinco meses. Ahora me conocen e incluso me llaman a veces ‘canción’ o ‘música’”, comenta la encargada de mejorar concentración de los jóvenes a través de la musicoterapia.

Las decenas de niños empiezan a salir de sus aulas para integrarse a la ceremonia junto a los familiares y docentes del centro, por si uno que otro niño debido a sus incontrolables impulsos se quiere ir del lugar. Pero es una conducta que todos entienden y comprenden, con mucha alegría.

Felipe Moreno (18) es uno de estos inquietos niños, que mientras la directora da el discurso inicial, el muchacho se para una y otra vez de su asiento, se ríe y repite su nombre. También grita: “Pajarraco”. Su madre Maritza Rodríguez lo toma con calma y los otros apoderados le siguen el juego al muchacho de voz divertida y aguda. Las risas explotan.

Mientras tanto, Libertad Pons, la mamá de Jaime Briceño (23), uno de los alumnos, recuerda como llegó a Aspaut. “Hace veinte años mi hijo ingresó al colegio. En esa época fue muy difícil enfrentar el autismo porque no había especialistas. Después me fui juntando con otros padres y junto a ellos empezamos a aprender”.

Sentado a mi lado el presidente de la asociación, Marcelo Vergara, padre de un pequeño llamado Simón (8), confiesa lo duro que ha sido que su hijo no pueda comunicarse aun. “Es difícil porque no es una enfermedad que se solucione de un día para otro. Esto repercute en las familias que sufrimos mucho. Existe un desgaste físico y sicológico fuerte porque a los niños les dan rabietas y pataletas todo el tiempo. Debería haber un sistema de salud que cubriera estas necesidades en los familiares”, recomienda Vergara, pues actualmente no existe una ayuda gubernamental en esos términos.

La ceremonia va a terminar y finaliza con una presentación de un grupo de chicos que interpretan bailando “Thriller” de Michael Jackson, sacando más de una sonrisa de orgullo. Una escena que puede ser igual que muchas otras, pero aquí tiene otro matiz. Aquí, todo esfuerzo vale y es especial. LOV

Equipo de Redaccion

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