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HIT LOV: DE FIESTA CON KRISHNA

HIT LOV: DE FIESTA CON KRISHNA

Bailamos y cantamos con los Hare Krishna todo un domingo. Recitamos su mantra durante horas y nos sumergimos en la vida de los devotos y de las “madres”. Esta es la crónica en sánscrito y con olor a incienso de un viaje al templo de esta filosofía en Valparaíso.

Por Javier Foxon

Por su cabeza cae un largo mechón de cabello. Tiene el pelo corto. Es un pequeño de 3 años que nos da la bienvenida. “Hare Krishna”, dice saludando tímidamente y escondiéndose en las faldas de su mamá. Una chica de 24 años envuelta en una túnica lila de pies a cabeza, conocida como “Sari”.

Son las seis de la tarde de un día domingo y parece que llegamos temprano a la fiesta en el Centro Cultural Hare Krishna de Valparaíso. Nos reciben cinco personas que beben jugo de manzana, sentados y conversando entre sí. “Pero pasen, si lo otros están por llegar. Son medios impuntuales los devotos”, explica la joven madre.

El centro existe hace 15 años. Es un templo de puras mujeres o “Madres”, como las llaman entre los devotos por su capacidad de dar a luz. Estamos aquí para entender cómo es que viven y hacen lo que hacen. Una forma de vida austera y sin vicios, lo que para algunos resulta complicado en estos tiempos.

UN GRAN AMOR

El centro cultural tiene distintas facetas durante la semana. Es un restaurante de comida vegetariano, espacio para practicar yoga, y un templo. Hoy domingo es el último, cuando realizan las “fiestas” en oración a Krishna, su dios.

El templo es una gran pieza, donde ahora hay 6 devotos hincados en el suelo. Los hombres en su  mayoría rapados y con un mechón de pelo colgando, visten naranjo y blanco, mientras que las mujeres se tapan el pelo con las túnicas de colores lila, verde o amarillo. Su vestuario y corte de  pelo en el fondo es una forma de demostrar humildad hacia Krishna.

Prema Mohini, de 31 años, dice que todo se hace por amor.

Prema Mohini, de 31 años, sabe lo que significa eso. Hablamos con ella hace un par de días, cuando nos invitó para venir hoy. Su nombre en sanscrito se traduce como “Amor por Dios”, pero antes solía llamarse Francisca Elgueta. Cuatro años atrás, la Fran, no conocía a Krishna, era una santiaguina cualquiera que producía eventos. Hasta que en Arica decidió dedicarle su vida entera. Mostrar su humildad.

Pero para eso necesitó cumplir con las cuatro máximas que los devotos deben seguir. La primera, no comer carne. “Ya tome conciencia y no quiero ser partícipe de la matanza de animales”, justifica. La segunda es no intoxicarse, es decir, cero drogas, alcohol, té o café. “Tienen teína y el cafeína”, explica Prema sobre porque excluyen a los dos últimos productos. La tercera es evitar las apuestas. Y por último, “la que nadie le gusta: el sexo ilícito”, dice. O sea, tener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Para la muchacha es fácil explicarlo. “La pureza siempre debió haber sido un valor, no algo obsoleto”.

Según Prema Mohini todo esto se hace por amor. Pero lo diferente de esta filosofía con el resto que se pueden encontrar, es que su forma de vida, es también su forma subsistir. Ellos venden lo que comen y enseñan lo que practican. Los devotos de Krishna y su filosofía no fallan, siguen todo a pie de la letra.

“Si uno se compromete con Krishna tienen que entrar en un trabajo espiritual, en un amor trascendental. No significa que todo sea perfecto, pero aquí estamos en una lucha, una constante lucha, donde al menos sabemos cuál es el ideal”, argumenta la devota.

LA GRAN FIESTA

Nos sacamos los zapatos y nos sentamos. El altar está tapado con una cortina y sentado como nosotros está Ramón González, de 42 años, trabajador portuario y evangélico. El no es devoto, pero vino a “cachar la onda” después que lo invitaron en el Mercado Cardonal. “Y como me invitaron en buena onda… vine po”, dice buscando una posición cómoda para sentarse.

En el lugar también hay hartos niños, y claro, se ven más de cuatro jóvenes matrimonios con guaguas y sus edades no superan los 26 años. Uno de ellos es Venuraj Das, devoto desde los 18 años y padre de dos hermosas niñas. “Venu”, como le dicen, conoció a Krishna cuando se llamaba Ignacio Ponce, hasta que en un viaje al sur leyó el libro, “En búsqueda del Objetivo Supremo de la Vida”, escrito por el Swami Prabhupada, fundador de la Asociación Internacional para la Conciencia de Krishna, el principal responsable de traer “la sabiduría” al occidente.

“Caí rendido. Ese libro era todo lo que yo pensaba, por lo que un mes después de eso quise iniciarme”, cuenta Venuraj Das. En su casa la noticia no fue bien recibida. Más bien cayó como una bomba. Recién había salido del colegio y sus padres querían que estudiara “una carrera rentable” como lo había hecho su hermano.

Hasta el día de hoy “lloran por esto” y no entienden como Venu se levanta a las 5, 7 y 11 de la mañana para adorar a Dios. Menos quieren verlo pelado hablando sobre Dios, cocinando comida vegetariana y repartiendo panfletos espirituales en las micros.

“Pero ahí fue donde murió Nacho. Y ellos no han sido capaces de entenderlo”, explica tajantemente, mientras regalonea con su hija de 2 años. Quien nació por parto natural en una finca ecológica en Peñalolen y en donde Venu asistió a su esposa en el parto.

Sentado recitamos sus mantras en sánscrito. Aunque no entendíamos la concentración era profunda.

SALTOS DE FE

La “fiesta” comenzó, el altar sigue tapado y cantamos en cuclillas durante media hora canciones en sánscrito. Si no fuera por las “madres” que nos ayudaron con un cancionero estaríamos fritos. Los devotos tocan djembe, conga y unos platillos muy pequeños. Primero canta una, después la seguimos. No entiendo que cantamos, pero los seguimos por fonética.

Después del canto, Smita Krishna Das (“Sirviente de Krishna”), un devoto oriundo de La Serena, oficia de maestro de ceremonia. Habla de la rendición a Dios. De que hay que aceptar a Krishna, de que hay que matar al ego y de la importancia de tener un guru, un maestro espiritual, que lo ayuda a uno a seguir el camino de Dios. Un camino que tienen muy claro.

Ahora sí hay gente, cerca de 30 personas. Todos descalzos y en cuclillas. Hay devotos, pero también punkies, un metalero y cerca de tres universitarios. Mientras Krishna Das lee versos, a su espalda, las “madres” no paran de llevarle flores y comida al altar que sigue tapado. “¿Cantemos de nuevo?”, pregunta Krishna Das. Todos nos paramos, quitan la cortina y aparece una figura de Krishna y diversas fotos de gurus, la foto enmarcada de Swami Prabhupada, Gandhi, y otros que no reconozco.

Prenden un incienso, cantamos, bailamos, al ritmo de la percusión. Hay fiesta, una verdadera fiesta. Las mujeres giran, saltan, los hombres ríen, cantan,  de alguna forma llegamo al mantra con distinas melodías. Es una catarsis, es liberación. Una liberación que te sacude literalmente.

Prabhu Gopesvara Das, colombiano y devoto hace 20 años es el alma de la fiesta. Baila y toca el djembe como loco. Está en trance. Nadie lo para. Devotos y no devotos cantan y se mueven con los ojos cerrados. Hay varios que tienen sus manos abiertas al cielo. Hasta el metalero ya comenzó a aplaudir. Si algo es cierto es que ellos si saben cómo adorar. La celebración es tan potente, que me extraña cómo suena todo fuerte sin amplificación. Al lado del altar, hay una “madre” que no deja de abanicar a Krishna. La escena es puro sudor y fe.

Han pasado dos horas, sí, dos horas cronometradas. Y esto no para. Bailamos, cantamos. Y de todo de nuevo. Si te cansas Gospesvara, el colombiano, te reanima. Venu toca la conga y Ramón, el portuario evangélico, se acerca cojeando y me dice que está “chato”. El ritmo no para.

Miro a mi fotógrafo que sigue saltando. Hace rato dejo de sacar fotos. Transpira. Pero nunca tanto como los devotos en las percusiones. Pasan varios minutos más y la fiesta termina. Una vez fuera del templo, los devotos nos invitan a comer un delicioso plato de comida vegetariana. La recompensa para algunos de los que llegaron a la celebración. A mí las palabras, “trabajo espiritual”, aún resuenan en mi cabeza.  LOV

Equipo de Redaccion

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